El Siglo XXI

George W. Bush (hijo)

Tras derrotar al senador John McCain en las primarias republicanas, Bush venció al candidato demócrata y vicepresidente Al Gore. Fueron unas elecciones muy reñidas en las que se hallaron irregularidades en las papeletas que se usaron en ciertas zonas de Florida, a la sazón, el estado que decidiría las elecciones. Tras varios recuentos el Tribunal Supremo dictaminó que el vencedor había sido Bush. Bush ganó con 271 votos electorales, contra los 266 de Gore, aunque éste ganó en número de votos. Sin embargo, Bush había sido el vencedor en 31 de los 50 estados. Ninguno de los candidatos recibió la mayoría de los aproximadamente 105 millones de votos emitidos. Bush recibió 50.456.002 votos (47,9%) y Gore 50.999.979 (48,4%).

La elección presidencial de 2000 fue la primera desde la de Benjamin Harrison en 1888 en la que salió un vencedor que no recibió la mayoría de los votos. Fue la primera desde Rutherford Hayes, elegido Presidente en 1876, en la que la Corte Suprema tuvo que tomar partido. El recuento de votos de Florida, que favoreció a Bush en los escrutinios iniciales, fue impugnado con alegaciones de irregularidades en el sistema de votación. Al Gore, que había reconocido la victoria de Bush en una llamada telefónica, rectificó unas horas más tarde.

Se dieron una serie de casos en los juzgados sobre la legalidad de los recuentos en Estados concretos y en el conjunto del país. Tras el recuento automático y manual en cuatro estados, y con Bush todavía por delante, la Corte Suprema de Florida ordenó un recuento manual en todos los estados. Pero la Corte Suprema de Justicia revocó la decisión y paró todos los recuentos. Tras el fallo judicial, Gore repitió su reconocimiento. Meses más tarde, el recuento manual de todos los estados fue completado por un grupo de periodistas que determinó que Bush habría ganado en Florida según algunos criterios de recuento y habría perdido frente a Gore según otros. Dado que la Corte Suprema de Florida no definió de un modo preciso el criterio de recuento que debía ser usado en el recuento manual de todos los estados, permanece disputado quién habría ganado el estado si el recuento no hubiese sido parado por la Suprema Corte de Justicia.

También se detectaron otros motivos para sospechar del fraude, como la votación, fuera de plazo, de muchos militares estadounidenses destinados en bases extranjeras, papeletas irregularmente marcadas, maquinas de voto defectuosas y muchos ciudadanos de clase baja que se vieron privados de su derecho a votar en varios estados, entre ellos, el de Florida.

Su gestión de la crisis del 11 de Septiembre, así como de los posteriores conflictos abiertos con la excusa de la lucha contra el terrorismo ha recibido numerosas críticas desde todos los lugares del mundo. Masivas manifestaciones por la paz se dieron en todo el globo, y muchos gobiernos de primer orden internacional se mostraron contrarios a invadir Irak, la más ambiciosa de las guerras abiertas durante la legislatura Bush. Hablando de la población estadounidense, la crítica al conflicto en el Golfo Pérsico también tuvo una gran acogida por parte de los norteamericanos.

Cuando en 2004 Bush se jugaba la reelección en unos nuevos comicios, gran cantidad de artistas del cine, la música o la literatura se manifestaron por todo Estados Unidos buscando el voto contra los republicanos. No obstante, Bush se hizo de nuevo con las elecciones, otra vez agitadas por los aparentes fraudes. El discurso de investidura de Bush en 2004 incidía en las ideas de la libertad y la justicia.

Durante sus últimos años al mando de Estados Unidos, Bush no ha vacilado en mantenerse férreamente en las posturas más criticadas de sus primeros años en el cargo. El aumento del presupuesto militar, una economía liberal (que ha conducido a una crisis mundial), más ayudas a las grandes fortunas y más desempleo, déficit y el apogeo del endeudamiento americano. Sus mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak o su pésima gestión en la crisis del Katrina le han aupado hacia lo más alto del ranking de presidentes estadounidenses peor valorados de la Historia.

Bush ha contado con el rechazo frontal de importantes celebridades de su país, quienes no han ahorrado esfuerzos en mostrar la oposición a su política. El documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore acusa a Bush de utilizar los sentimientos públicos posteriores al 11-S con fines políticos, así como de mentir al pueblo estadounidense acerca de las causas de la guerra de Irak. Otro cineasta, en este caso Spike Lee, muestra en su documental When the Levees Broke: A Requiem in Four Acts (Cuando se rompieron los diques, un requiem en cuatro actos), las desastrosas consecuencias de la gestión que las autoridades hicieron para paliar los efectos del Huracán Katrina. Bush fue igualmente criticado fuera de las fronteras de su país, convirtiéndose en el primer objetivo de las campañas por la paz y anti-globalización. También su pésima pronunciación le ha convertido en el blanco de numerosas bromas, siendo acuñado el término bushismo para definir su peculiar forma de hablar.

Barack Obama

Aupado en las presidenciales al calor de un gran optimismo nacional, el primer presidente de raza negra de los Estados Unidos no ha visto sus primeros cuatro años de gobierno exentos de la polémica, las críticas y los ataques, tanto dentro como fuera de las fronteras de EEUU.

Su plan de reforma del sistema de salud es uno de los puntos más controversiales que ha enfrentado el presidente, a poco más de seis meses de asumir su función.

En esta reforma reside el mayor proyecto legislativo de Obama, y su popularidad se ha visto afectada negativamente al copiar sus detractores sus métodos organizativos, tildarlo de ser un amedrentador y alterar el orden de las reuniones locales debido a su plan para reformar los seguros médicos de los estadounidenses.La Casa Blanca y sus aliados sostienen simplemente que las personas que protestan en esos encuentros son un movimiento popular falso, pero esta no es la percepción que muchos norteamericanos tienen de la situación.

El tiroteo de Arizona, en el que murieron seis personas y resultó herida gravemente Gabrielle Giffords, ha reavivado el debate sobre la violencia y la degradación en la política estadounidense. Mientras la legisladora lucha por su vida en el hospital University Medical Center de Tucson tras recibir un disparo en la cabeza, cientos de personas se han movilizado. El atentado contra Giffords, apenas tres días después de que tomara posesión de su cargo en un nuevo Congreso dominado por la oposición republicana, reproduce en este país escenas de violencia política que han acompañado dramáticamente a esta democracia desde su nacimiento.

La congresista aparecía en una lista que la cara más visible del movimiento ultraconservador Tea Party, Sarah Palin, hizo pública el año pasado sobre los enemigos a batir en las elecciones de noviembre de 2010. La grosera presentación de esa lista -con dianas apuntando a los Estados de los congresistas mencionados y el ominoso título de “No se retiren, recarguen”- provocó las iras justificadas de muchas personas. La lista se refería a 20 congresistas que habían votado a favor de la reforma sanitaria y que pertenecían a distritos ganados por los republicanos en las presidenciales de 2008, es decir susceptibles de ser recuperados por la oposición en 2010.

El Tea Party es una facción especialmente radical del Partido Republicano, y tiene no pocas simpatías desde los medios de comunicación más conservadores. Este movimiento de extrema derecha, caracterizado también por una profunda fe religiosa y una condena a la homosexualidad, la investigación con células madre, el aborto o incluso la teoría de la evolución, ha revolucionado la política de Washintong y ha puesto en pie de guerra a todos los conservadores a lo largo y ancho del país.

En el otro lado, también desde la izquierda ha recibido Obama críticas. Tanto su mala gestión en el prometido desmantelamiento de la base de Guantánamo, así como algunas de las posturas adoptadas en la política internacional han disgustado a muchos de sus votantes más progresistas.

Además, Obama también ha sido salpicado por las críticas sobre el avance de la marea negra sobre las costas de Luisiana que también amenazaba a otros dos estados (Misisipi y Alabama) así como a la desembocadura del río Misisipi.

Vemos por tanto que en las últimas tres décadas la popularidad interna de los presidentes estadounidenses ha ido en claro descenso, al tiempo que la radicalización en la política y los escándalos de todo tipo enturbiaban la imagen de la democracia estadounidense. Frente a una sociedad cada vez más polarizada, la credibilidad de los políticos se ha visto puesta en entredicho como nunca, y quizá para siempre. La presión interna es cada vez mayor y los giros electorales, cada vez más complicados. Mientras todo esto sucede, diversos activistas alzan la voz acerca de reformas estructurales de fondo en el sistema representativo norteamericano, y el poder de los dirigentes de la nación más poderosa del mundo, se sustenta sobre apoyos cada vez más frágiles.

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