El sueño americano

Desde incluso antes de su configuración como un país, Estados Unidos ha sido la tierra prometida para muchos refugiados del Viejo Continente que huían de la guerra, la crisis económica, las hambrunas o la persecución política. El mito, alimentado por la propia propaganda de los Estados Unidos, de que la nación de las libertades ofrecía a todos las mismas oportunidades y les permitiría afrontar cualquier propósito sin restricciones por su raza, su credo o su ideología fue uno de los grandes imanes de inmigrantes durante los dos siglos pasados.

Así, se ha formado en Estados Unidos una tradiciones de inmigrantes que, realmente, se remonta a los colonos británicos que poblaron las praderas y las costas norteamericanas tras exterminar a los indígenas. Grandes comunidades de inmigrantes de distintas nacionalidades se han asentado sobre Estados Unidos. La comunidad irlandesa, la comunidad italiana, la asiática, la latina (proveniente de la frontera del Sur en busca de una vida en el primer mundo que les estaba negada a los ciudadanos de los estados de Hispanoamérica debido, en gran medida, a las propias acciones de EEUU sobre sus vecinos)…

La población negra, que depende más de los esclavos llevados forzosamente en tiempos pasados desde África que de verdaderos ciclos migratorios también tiene una representación alta en la población de los Estados Unidos, y también de su vecino del Norte, Canadá. No obstante, ¿cuál es la realidad de ese “sueño américano”? Ya hemos analizado la situación de la política norteamericana de cara a sus propios ciudadanos. Ahora que Estados Unidos es la primera potencia del mundo y la tercera nación más poblada del globo, ¿cómo es la situación para los inmigrantes?

Es importante avanzar que vamos a centrar esta mirada a partir del fin de la segregación racial, y especialmente, tras las luchas de comienzos de la segunda mitad del Siglo XX por los derechos civiles de las personas de color (una lucha encabezada por el movimiento negro pero que englobaba también a sectores de la población latina y que incluía, por lógica, a buena parte de los musulmanes que vivían en los Estados Unidos).

Mientras que tradicionalmente el gobierno USA ha permitido y acogido la inmigración de ultramar, recibiendo así oleadas de emigrantes de Europa, no ha sido tan acogedor para los ciudadanos de Latinoamérica, contra los que ha impuesto duras sanciones, peligrosos puestos fronterizos e incluso contra los que ha decretado riesgosas leyes anti-inmigración, como es el caso de los estados sureños de Arizona y Florida.

El miedo de la América anglosajona a los extranjeros que provienen de México, naciones del Caribe y Sudamérica no ha dejado de aumentar, alentada por los discursos populistas y de lenguaje directo de muchos políticos de derechas, especialmente en el Sur de los Estados Unidos. Solo hay una excepción a esta norma, y está el enorme apoyo que la Casa Blanca tiende a los disidentes cubanos que abandonan la isla por su antipatía hacia el gobierno socialista en la isla, pero se trata de una excepción motivada por los importantes intereses de Estados Unidos por desprestigiar a Fidel Castro y su régimen.

La acogida de los grandes talentos del mundo (siendo el caso más evidente Albert Einstein) catapultó durante la primera mitad del siglo XX a Estados Unidos a la cabeza en cuanto a ciencia, literatura e incluso música, pero no todos los autores han sido igualmente bien recibidos dentro de las fronteras del país. Muchos importantes intelectuales de izquierda de Europa y América Latina vieron denegado su visado para entrar en Estados Unidos por el miedo de las autoridades a que su influencia cambiase los aires políticos del principal enemigo del socialismo durante el siglo XX.

Más allá de los intelectuales, Estados Unidos ha acogido entre sus brazos a una buena cantidad de empresarios y grandes inversores de todas las nacionalidades. Árabes, europeos, e incluso asiáticos y australianos. El caso más destacado es el de Rupert Murdoch, quien ahora goza de la doble nacionalidad, y que sostiene un emporio de los medios de la comunicación.

No obstante, a Estados Unidos no le han faltado nunca emprendedores que han logrado hacerse con el éxito y obtenido sumas estratosféricas. Casos tan sonados como los de Bill Gates (Microsoft), Larry Page y Sergey Brin (Google), Stebe Jobs (Apple) o Mark Zuckerberg (Facebook) son recientes e ilustran como jóvenes con buenas ideas pueden triunfar en los Estados Unidos. No obstante, no se puede olvidar que todos estos emprendedores son universitarios que estudiaron en algunas de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos. No son clase desfavorecida, porque, básicamente, la clase media-baja de Norteamérica no puede permitirse estudios superiores.

A pesar de que los inmigrantes crean más negocios y posibilidades de crecimiento que los ciudadanos en Estados Unidos, muy pocos, por no decir ninguno, alcanza un éxito destacable. ¿A que se debe esto? ¿No es Norteamérica la tierra de las oportunidades, donde cualquiera puede ser un David Edgerton (fundador de la franquicia Burguer King con apenas 25 años) o, aunque sea, un Harrison Ford?

El peso de doscientos años de capitalismo, de algunas políticas beneficiarias a las grandes empresas y de crecimiento económico han creado una clase superior de empresarios, dueños de poderosísimas corporaciones millonarias, que ahogan por completo las posibilidades de crecer de casi cualquier opción de competencia. Ningún servicio de comida rápida podrá plantar cara a McDonald’s, no podrá aparecer una empresa de automóviles que compita con General Motors, Ford, o las otras grandes compañías.

La única forma de triunfar ahora en Estados Unidos como empresario es explorar los nuevos campos tecnológicos (como hicieron los ejemplos recientes citados más arriba) y eso es imposible sin unos estudios universitarios de calidad. Dado que un año escolar en una universidad norteamericana puede llegar a costar entre 10.000 y 50.000 dólares, sin contar gastos de alojamiento, transporte y otras incidencias, resulta poco realista pensar que cualquiera, sin importar su clase social, puede llegar a triunfar económicamente en los Estados Unidos de Norteamérica.

El sueño americano no existe, ha muerto sepultado bajo el peso de las empresas multinacionales que no quieren competencia y que atienden a intereses intrincados y, en muchos casos, oscuros. América ya no es la tierra de las oportunidades, ni es una paraíso para los inmigrantes emprendedores. Las grandes ideas del futuro serán, cada vez más, llevadas a cabo en otros lugares donde las personas inquietas tengan más posibilidades.

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