Hegemonia y deuda externa

En 1944 tiene lugar la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas en el complejo de hoteles Bretón Woods. En un mundo asolado por el final de la Segunda Guerra Mundial, aún colonizado y con otros muchos estados realmente débiles aún frente a Estados Unidos, el presidente de los USA, Franklin Delano Roosevelt, no tuvo demasiados problemas para lograr que algunos de los objetivos de su país en materia económica fueran ratificados allí en nombre de la sociedad internacional.

De las delegaciones presentes, solo uno de los estados, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, no firmó el acuerdo. El resto aceptaron una serie de medidas que iban a encumbrar a los Estados Unidos (ya entonces un gran eje financiero) como la potencia económica mundial mediante el uso de su divisa, el dólar norteamericano, como moneda internacional. En aquel momento el dólar era ya una de las más importantes monedas almacenadas como reserva, aún por detrás de la libra esterlina. No obstante, con Inglaterra en crisis tras la constante guerra contra Hitler, Estados Unidos era lo suficientemente pujante como para acarrear sobre los hombros de su moneda el peso del comercio mundial.

Tras desbancar a su aliado británico y a la city londinense como eje de la economía global, Estados Unidos se ha beneficiado por más de medio siglo de su posición como estado emisor de la moneda mundial. Debido a esto, actualmente las divisas de reserva de todo el mundo son, en su mayoría, dólares estadounidenses. Su economía y el valor del dólar mantienen el sistema estable, y a corto plazo a ninguna nación le ha convenido desequilibrar la moneda de Washington, por la repercusión nefasta que tendría sobre su propia economía.

No obstante, la actual crisis ha venido a descubrir los pies de barro sobre los que se sustenta la divisa norteamericana, mientras que el tiempo ha permitido a otras potencias poner sus economías al día, preparadas para el momento en el cual el dólar, finalmente, se desplome junto a la estructura financiera de Wall Street. Ese momento cada vez está más cercano, y los candidatos son cada vez más ambiciosos.

Un sistema basado en la deuda

A partir de la II Guerra Mundial la deuda nacional de la recién nombrada potencia económica mundial comenzó a crecer a un ritmo cada vez más alarmante. Si bien tras el conflicto el ritmo no se volvió especialmente acusada, es a partir de la década de los ochenta, con la llegada al poder de los republicanos Reagan y Bush (padre) cuando el aumento de la deuda nacional de EEUU experimentará un crecimiento asombroso. Al filo de los noventa alcanzaba los tres trillones (3 millones de millones) de dólares, y al término del siglo XX casi se había duplicado dicha cifra. En la actualidad hablamos de más de trece millones de millones de dólares. Al empezar la década de los ochenta la deuda americana apenas llegaba al trillón de dólares.

¿Quiénes son los poseedores de la deuda nacional de los Estados Unidos? Un 40% de la deuda nacional, aproximadamente, pertenece a la Reserva Federal de los USA y a otras entidades gubernamentales. En cuestión de volumen los segundos mayores poseedores de la deuda estadounidense son otros estados, de los que pronto nos ocuparemos. El resto de la deuda (en torno al 37%) pertenece a diversas entidades y empresas de carácter privado. Puesto que la Reserva Federal no es enteramente pública tampoco, nos encontramos con que el gobierno de Estados Unidos realmente posee una parte bastante pequeña de su deuda nacional.

Según el Banco de Pagos Internacionales, un organismo internacional con sede en Suiza, los Estados Unidos tienen una deuda que equivale actualmente al 92% de su Producto Interior Bruto, y las previsiones son que alcanzará el 100% en el año 2011 (este y otros datos sobre deuda pública pública están extraídos de un informe del Banco de Pagos Internacionales) . No es el único estado con una perspectiva similar: la deuda japonesa ya representa más del 150% del PIB, y a finales del año 2010 la deuda duplica el Producto Interior Bruto del país asiático. Grecia e Italia se enfrentan a situaciones parecidas, pero a diferencia de la economía japonesa, su tejido empresarial no parece capaz de sustentar una economía competitiva con estos niveles de deuda. Las consecuencias en Grecia ya se han dejado ver.

¿Por qué Japón sostiene una economía endeudada a estos niveles? La economía japonesa experimentó en la década de los noventa una crisis muy similar a la que actualmente viven las potencias europeas. La causa fue la explosión de la burbuja inmobiliaria, así como una crisis financiera. Durante este periodo, la economía japonesa, considerada un milagro de la segunda mitad del siglo XX, quedo virtualmente detenida y sin apenas crecimiento apreciable. Los economistas conocen este etapa como “La década perdida”. La economía japonesa aún sigue inmersa en la recuperación.

La clave de la economía del País del Sol Naciente es su balanza comercial. Japón lleva años con un notable superávit en su balanza de pagos (este año ha vuelto a lograrlo), y mantiene mercados tanto en Asia como en el mundo Occidental como una de las grandes potencias en tecnología e inversión. Japón posee buena parte de algunas de las más emblemáticas empresas de Norteamérica y Europa, empresas que fueron adquiridas a comienzos de los años noventa.

En cuanto a Estados Unidos, ¿cabe la posibilidad de que pueda sobrevivir con esos niveles de endeudamiento creciente? Hay algunos puntos que separan el caso japonés del caso actual de EEUU. En primer lugar, la balanza comercial de Estados Unidos, a pesar de ser uno de los grandes exportadores del planeta, resulta deficitaria. De echo, presenta un enorme déficit.

El segundo punto importante es el valor de esa deuda y quién la posee. A pesar de que en porcentaje respecto al PIB nacional, Japón ostenta el doble de endeudamiento que los USA, Estados Unidos es actualmente la nación que más debe. El que durante las Guerras Mundiales fuera el gigante del préstamo y el mayor acreedor internacional es ahora el más grande deudor del globo. Y no se puede obviar algo así en el caso de la potencia económica del mundo, un puesto prominente que no pocos estados ambicionan.

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